Claire Kennedy
The University of Alabama
Abstract
Elizabeth Grosz sostiene que “the city is one of the crucial factors in the social production of (sexed) corporeality: the built environment provides the context and coordinates for contemporary forms of body” (104). En un mundo globalizado, las culturas se entremezclan, creando nuevos modos de interacción social. Las ciudades son lugares de esta producción y, por lo tanto, constituyen espacios clave en la definición identitaria. Para los inmigrantes de Marruecos en España, esta mezcla no es tan sencilla, ya que viven en una constante tensión entre la libertad femenina y la opresión familiar, el movimiento y la inmovilidad, y la alimentación occidental y oriental.
Este artículo se centra en estos enfrentamientos en El lunes nos querrán, de la autora catalana-marroquí Najat El Hachmi, que narra la vida de una mujer joven que emigra a España con su familia durante la infancia. La protagonista pretende rechazar sus vínculos con su asfixiante cultura familiar a favor de la cultura de acogida en su búsqueda de aceptación y pertenencia cultural. A partir de un enfoque que integra los estudios urbanos y los estudios de género, se analiza la interacción entre el entorno urbano y el feminismo occidental en esta trayectoria.
Se propone que, en El lunes nos querrán, El Hachmi utiliza el desplazamiento en el espacio urbano de la narradora, junto con su lucha por transformar su cuerpo, para señalar que el único camino hacia una verdadera liberación de la opresión cultural es la transformación mental. Al externalizar su opresión en su espacio vivido—tanto material como corporal—la libertad se vuelve inalcanzable. Este estudio aporta una perspectiva sobre las narrativas de migración que combina el análisis geográfico con el análisis del cuerpo en un contexto feminista, con el fin de contribuir al entendimiento de las complejidades migratorias del siglo XXI.
- Introducción
Hoy más que nunca, se manifiesta el entrelazamiento humano y cultural tanto dentro de las delimitaciones políticas actuales como a través de estas fronteras imaginarias. Como señaló Stuart Hall hace casi treinta años, el mundo está interconectado y globalizado— y aún más hoy que entonces (19). Esa globalización obliga a reformular la cultura no solo frente a las opiniones y valores de una comunidad imaginada, como trata Benedict Anderson, sino también frente a los de las culturas a escala global (Hall 22).
Las ciudades encarnan la globalización. Como sostiene Elizabeth Wilson, las ciudades pueden entenderse como textos escritos por sus propios ciudadanos que se interpretan individualmente (10). Son tejidos entrelazados con las experiencias de cada residente; constituyen una construcción aparentemente homogénea de una identidad espacial profundamente heterogénea. Las ciudades son espacios de estratificación, pero también de interacción entre distintos niveles y clases sociales, lo que permite la construcción de experiencias individuales dentro del entorno urbano amplio (Purcell 145). El espacio y el tiempo posibilitan esta diferenciación individual (Harvey 419). Así las ciudades ofrecen un marco espacial y temporal en el que se articulan tanto la diferenciación entre ciudadanos como la interacción con las ideologías que confluyen en la cultura global.
El fenómeno inmigratorio fomenta estos procesos de confrontación cultural. En Mappings: Feminism and the Cultural Geographies of Encounter, Susan Friedman expone:
As a discourse of identity, hybridity often depends materially, as well as figuratively, on movement through space, from one part of the globe to another. This migration through space materializes a movement through different cultures that effectively constitutes identity as the product of cultural grafting. Alternatively, hybridity sometimes configures identity as the superposition of different cultures in a single space often imagined as a borderland, as a site of blending and clashing. (24)
Al llegar a un entorno nuevo y culturalmente distinto, los inmigrantes tienen que redefinirse frente a nuevos valores. Bajo la influencia de la globalización, no solo se enfrentan a la cultura de acogida, sino a los valores culturales globales que operan en su entorno social. Estas corrientes identitarias se entremezclan con la “cultura materna”, generando efectos diversos. Uno de ellos es una crisis de pertenencia, al no encajar plenamente en ninguna cultura local, nacional o global (Hall 22). El género desempeña un papel fundamental en estos procesos identitarios, por lo que las mujeres, especialmente las mujeres inmigrantes, se ven especialmente afectadas por normas de comportamiento y belleza que, frecuentemente, contradicen aquellas con que crecieron.
El lunes nos querrán (2021) profundiza en los matices de la experiencia migratoria en un contexto globalizado. Narra la historia de una mujer nacida en Marruecos que emigró durante su infancia a un pueblo cerca de Barcelona. La obra aborda temas de la opresión familiar y social, la construcción identitaria ante el choque cultural, las relaciones afectivas, el feminismo y la búsqueda de la independencia. Asimismo, refleja aspectos de la vida de la autora, Najat El Hachmi, que emigró a Cataluña a los ocho años. Su obra critica la cultura patriarcal en la que creció y los procesos de “otro-ización” impuestos a los inmigrantes, como puede observarse tanto en este libro como en sus otras novelas La hija extranjera y El último patriarca, originalmente escritas en catalán (Vater).
La trayectoria de la literatura de El Hachmi ha sido ampliamente documentada. Entre los trabajos más relevantes se encuentran el artículo de Núria Codina, que la sitúa dentro de la literatura española-marroquí; el artículo de Michelle Murray centrado en la migración y ruptura genealógica y el de África Vidal Claramonte, que analiza la importancia cultural de la comida en su obra. Sin embargo, son menos los estudios que se enfocan específicamente en El lunes nos querrán. Katarzyna Moszczyńska-Dürst examina la construcción del “yo” con relación al género y la exclusión en la novela. Por su parte, Jennifer Brady y Maureen Tobin Stanley, en “Espacios y espejos: La autodefinición femenina en El lunes nos querrán de Najat El Hachmi”, analizan la influencia del espacio urbano y el cuerpo en la autodefinición de la narradora.
El presente trabajo también aborda el espacio urbano y el cuerpo, pero se centra en su relación con la globalización y en cómo estos andamiajes contribuyen a una búsqueda de liberación que se vuelve inalcanzable. En El lunes nos querrán, El Hachmi emplea la movilidad en el espacio urbano, junto con la lucha por modificar su forma corporal, para señalar que el único camino hacia una verdadera liberación radica en la transformación mental de la narradora. Tanto su cuerpo como el espacio que habita funcionan como representaciones físicas de la opresión que experimenta bajo el control de su padre y de una sociedad patriarcal, una influencia que persiste y padece a lo largo de su vida. No obstante, mientras la opresión se externaliza, la libertad permanece fuera de su alcance. No es posible liberarse de las cadenas de una sociedad opresiva mediante cambios únicamente externos. Solo alcanzará la libertad al reformarse la mentalidad interna y soltar sus creencias negativas.
- Opresión, liberación y el espacio urbano
Según Wilson, “the city is the zone of individual freedom. There, the ties of family and kinship may be loosened, and avenues of escape may open up” (16). Para la narradora, quien se percibe atrapada en su barrio y, en ciertos momentos, “tenía ganas de gritar, de sacarme de una vez el peso insoportable en el pecho, irme lejos” (El Hachmi 99), Barcelona se presenta como un rayo de esperanza frente a una vida marcada por la opresión familiar.
Las metrópolis son espacios tanto de libertad como sometimiento, lugares que posibilitan la expresión y la disimulación a la vez. Lefebvre sostiene que la naturaleza capitalista y explotadora de “la ciudad” puede reprimir “lo urbano”; es decir, las posibilidades humanas que surgen de las interacciones interpersonales y socioespaciales (67-68). Sin embargo, esta naturaleza no anula las conexiones que las áreas urbanas facilitan ni reduce su papel en la apropiación del espacio y la diferenciación identitaria (Purcell 149-150). Algunos autores conceptualizan la ciudad como un espacio que unifica dimensiones geográficas, económicas y políticas bajo un marco social (Bobic 16). No obstante, dentro del ámbito urbano, ciertas localidades pueden diferenciarse de la cultura metropolitana dominante, desarrollando discursos propios que se arraigan en su localización (Hall 36).
Aunque esta visión social de la ciudad es fundamental, es cierto que los entornos urbanos
proporcionan el espacio y el tiempo necesario para la diferenciación individual y colectiva (Harvey 419). Los aspectos positivos de la vida urbana no existirían sin las divisiones espaciales que posibilitan la movilidad entre “subculturas” urbanas formadas por esa separación.
La narradora de El lunes nos querrán enfatiza la separación física de su hogar desde su primera descripción: “…tres torres alrededor de una plaza de cemento limitadas por el triángulo que formaban un río, la vía del tren y una carretera comarcal” (El Hachmi 34). Esta frontera imaginaria funciona como un límite encerrando una cultura de opresión que se manifiesta en su vida personal. Dentro de este espacio permanecen las madres, quienes “…no salían de casa más que por motivos concretos y tapándose antes de pisar el mundo exterior” (34). Así es la vida de la propia narradora durante el verano, cuando su padre no le permite salir y “…sentía una gran decepción cuando veía que mis hermanos se iban y yo me quedaba atrapada en ese piso” (58). Los efectos del encierro forzado se reflejan en un espacio que se vuelve vigilante. Allá, “las ventanas iluminadas de centenares de pisos minúsculos parecían ojos que nos observaran” (22) y “…las paredes parecían tener oídos” (30). Aunque Nikolina Bobic y Farzaneh Haghighi describen que la arquitectura puede ejercer vigilancia y control de manera literal (3), la experiencia de la narradora demuestra que la percepción subjetiva puede producir efectos igualmente intensos.
Para la voz narrativa, salir del barrio “era como cambiar de mundo” (El Hachmi 53). Este paso hacia un espacio de contacto intercultural le permite definirse en relación con—y a partir de—las diferencias culturales (Friedman 104). Su sitio principal de confrontación cultural es la escuela. Allí, “…ya podía estar contenta porque estudiaba lejos del barrio” (El Hachmi 50) en un instituto donde “…hablaba y hablaba sin parar”, un comportamiento completamente distinto al de su barrio (31). En ese entorno, donde ningún alumno pertenece a las tres torres, se encuentra libre de la vigilancia de este espacio. Esta distancia le proporciona una libertad mental que facilita la adopción de valores y creencias distintos a los de su cultura de origen, algunos de los cuales, como la idealización del dominio absoluto del cuerpo, la persiguen.
Dentro de las tres torres, en cambio, el peso de las expectativas culturales se vuelve opresivo. Como señala Grosz, el espacio se experimenta desde la perspectiva del sujeto que lo habita (90). Para una narradora que ha conocido espacios en que se expresa con mayor libertad, albergarse en un entorno en el que teme ser juzgada con cada acción que realiza resulta insoportable. Este malestar se manifiesta en la externalización de la vigilancia en la propia arquitectura de su hogar, un lugar percibido como aislado del mundo exterior.
No solo la distancia física le permite diferenciarse, sino también la distancia imaginada. Soñar con trasladarse a la ciudad, un lugar donde estaría “lejos de los chismes y el control de la gente” (El Hachmi 223), le permite idealizar ese espacio y rechazar su entorno periférico, especialmente cuando su padre le prohíbe mudarse. Sin embargo, esta distancia imaginada no logra ser suficiente para materializar su libertad. Se ve impulsada a buscar un escape concreto que transforme sus pensamientos en acciones.
Encuentra este escape en el matrimonio: al mudarse con su esposo, Yamal, al centro de su ciudad periférica. No obstante, esta nueva etapa no representa la liberación total que esperaba. Al principio de su matrimonio, viven en condiciones precarias: en un piso sin paredes enyesadas, con humedades, y “un frío que calaba hasta los huesos” (126). Posteriormente, se trasladan a un “piso sombrío” que refleja la soledad maternal que se manifiesta en ella durante su embarazo (208). Incluso al mudarse a Barcelona con su amiga, descubre que la ciudad no ofrece las oportunidades ilimitadas del escape que esperaba. En su búsqueda de un piso, se dan cuenta de que allá, “acogedor significaba que no cabía ni un alfiler; silencioso, que no entraba ni un rayo de luz; con muchas posibilidades, que estaba todo por reformar. Hubo agencias que pretendían cobrar por enseñarnos un piso. Otras que nos decían que en nuestro caso los dueños no querían alquilárnoslo”, supuestamente por motivos racistas (237-238). Aunque abandona físicamente las tres torres, no escapa de su opresión espacial. Esta se origina en las tres torres, pero se ha arraigado en su mente y la persigue a cualquier lugar.
Este arraigo se hace evidente en su comportamiento cuando regresa al barrio. Al volver, se arregla con la ropa típica y el pañuelo esperado por la sociedad, ya que todavía se somete a las reglas impuestas por la cultura espacializada de las tres torres. Sigue escuchando “…las críticas que seguían llegando del barrio” y permite que controlen su comportamiento (228). Sin embargo, su repulsión al paradigma del entorno también se intensifica hasta el punto de que “cada vez que volvía a las tres torres me ponía enferma, me dolía todo el cuerpo, como si alguien me hubiera pegado una paliza” (243). Su transformación identitaria no se completa porque mantiene ese lazo cultural y conserva ese temor de romper las normas sociales—y de romper completamente su conexión con su niñez y sus orígenes.
Los momentos de liberación verdadera no surgen de la movilidad física, sino de la transformación mental: un cambio hacia un nuevo patrón de experimentación e interacción cultural. Cuando se casa con Yamal, piensa, incrédulamente, que “estaba en la misma ciudad periférica… pero nada era igual. ¿No veían mi cuerpo liberado de todas las ataduras? ¿No detectaban en mi rostro la alegría de quien ha escapado a la vigilancia permanente, a la amenaza constante del castigo?” (125). Por fin, siente la libertad que desea, pero sin moverse—brota de la percepción nueva que su matrimonio le brinda.
Durante las dificultades de su matrimonio, mantiene una conexión tóxica con su cultura familiar, escuchando los juicios de la gente que no entiende su vida híbrida. Para distanciarse de estas presiones, ella se refugia con su amiga “…para soportar las críticas que seguían llegando del barrio” (228). Después de mudarse con su amiga, empezó a distanciarse de estas conexiones negativas de una vez por todas y experimentar la liberación verdadera. Describe el piso donde vive con su hijo y su amiga, diciendo que “Para comer doblábamos unas mantas y las poníamos en el suelo. Como en el pueblo, me decías, y nos reíamos porque ya nada podía herirnos” (247). No se siente libre solamente porque está lejos de las tres torres: esta libertad surge al desarraigar su valor interno de la aprobación de su comunidad familiar. Por simple elección—un cambio mental—se emancipa del sometimiento a las expectativas asfixiantes de las tres torres. Ahora, entiende que no hacía falta mudarse, solo cambiar sus pensamientos. Al dejar de conceptualizar la libertad en términos espaciales, encuentra la posibilidad de felicidad y paz en cualquier lugar.
- El espacio del cuerpo y la liberación
La reformulación del cuerpo ofrece otra vía hacia la liberación para la narradora en El lunes nos querrán. Existen múltiples paralelismos entre los conceptos de ciudad y cuerpo. En “Narrating the Organic City: A Lefebvrian Approach to City Planning, the Novel, and Urban Theory in Spain”, Benjamin Fraser sostiene que los primeros planificadores recurrieron a la idea de la ciudad como un cuerpo para poder dominarla desde el punto de vista de un problema geométrico y de control (370). El dominio sobre el espacio que exigieron estos planificadores se asemeja al dominio que muchas personas ejercen sobre sus propios cuerpos.
Aunque se impone el orden sobre el “corpus” del espacio urbano, la definición social del cuerpo se produce en ese mismo espacio. Grosz explica: “…The built environment provides the context and coordinates for contemporary forms of body. The city provides the order and organization that automatically links otherwise unrelated bodies: it is the condition and milieu in which corporeality is socially, sexually, and discursively produced” (104). Añade que el espacio urbano influye en la manera en que las personas se perciben a sí mismas y a sus relaciones afectivas, así como en su relación con el espacio y su esfuerzo corporal (108).
Este plano físico afecta directamente al plano cultural y a las representaciones populares del cuerpo, que adquieren un fuerte peso simbólico en el plano mental. Grosz señala que “the body’s cultural saturation, its takeover and transformation by images, representational systems, the mass media, and the arts—[the city is] the place where the body is representationally reexplored, transformed, contested, reinscribed” (108). El espacio urbano permite, por tanto, esta constante reformulación del cuerpo según contextos culturales específicos.
Cuando la narradora asiste al instituto y entra a un nuevo espacio cultural, este cambio de entorno le permite enterarse de que “…se podía comer con un objetivo completamente distinto: modificar tu cuerpo, transformarlo… descubrí una poderosa sensación de control sobre mi propio cuerpo” (El Hachmi 42).
Esta mentalidad alimentaria contrasta profundamente con la perspectiva de la generación anterior: “Para nuestras madres, que habían pasado hambre por no tener qué comer y no por ningún ideal estético, la idea de pasar hambre adrede era una locura” (42). El espacio, por tanto, fomenta esta diferenciación cultural. Hall explica que lo local y lo global interactúan en estratos sociales distintos, dando forma a percepciones culturales complejas (33). En El lunes nos querrán, las tres torres aíslan la cultura amazigh, una cultura local, dentro del entorno urbano globalizado de Barcelona. Como ya señaló Friedman, el movimiento en el espacio permite la mezcla de elementos culturales, dando lugar a identidades híbridas (24). Al salir de su entorno local, la narradora se encuentra con la oportunidad de interactuar y mezclar su identidad con elementos de las culturas globales. Reinterpreta su feminidad, identidad y relación con la comida.
La globalización afecta de manera diferenciada a las mujeres. Friedman advierte contra la “narrativa reduccionista” de la globalización, según la cual “…women suffer the same gender oppression in all societies, an approach to internationalizing feminism that bases affiliation solely on gender victimization, thus muting women’s agency, ignoring cultural contextualizations, and suppressing understanding of gender’s interaction with other constituents of identity” (5). El género varía según el contexto social, al igual que las normas corporales asociadas a él. Cuando estas distintas concepciones de género y cuerpo se enfrentan, los conflictos pueden generar trastornos. En “Eating Across Borders”, Temptia Valenta señala que “…migrants who maintain strong attachment to their cultural traditions may face a higher risk of EDs due to the culture-clash hypothesis, which posits that exposure to Western cultural influences emphasizing thinness and body ideals can cause psychological distress and conflict (Lake et al., [57]; Mumford et al., [73])” (361). La narradora se enfrenta a estas tensiones desde el momento en que escucha las monitorias de la escuela secundaria e interioriza que el acto de comer puede utilizarse para controlar el cuerpo (El Hachmi 41-42).
Su fijación en el cuerpo va más allá de una simple preocupación por su apariencia física. Cuando un tipo de cuerpo se asocia con una identidad nacional, la manipulación corporal se convierte en un mecanismo de la integración societal (Chernin 6). De hecho, la narradora asocia la habilidad de hacer dieta y controlar el cuerpo con “… otras chicas, más glamurosas, más ricas, menos moras que nosotras, más blancas”, indicando que sin poder hacer dieta y cambiarse, nunca se sentirá capaz de alcanzar una belleza socialmente legitimada: la belleza de la sociedad española (El Hachmi 38). Esta idea se refuerza cuando se pregunta: “¿Cómo hacer compatibles nuestros anhelos de parecernos a las chicas que salían en las series de sobremesa con las normas que nos imponían en casa?” (46). En la cultura que la acoge, no se ve representada en el modelo de la “chica ideal”. Su deseo fuerte es de ser amada y aceptada y, por lo tanto, “no hacía falta mucho más para acabar interiorizando que nuestras carnes suponían un problema, que la única salida era reducirlas a la mínima expresión con tal de que nos dejaran en paz” (46). Si puede llegar al punto de que su cuerpo parezca a la norma cultural, superaría las otras diferencias externas (como el color de su piel) para integrarse (Vater 115).
Con la idealización de un tipo de cuerpo, el cuerpo típico de su sociedad se convierte en una representación de todos sus aspectos malos para la narradora. Aceptar ese cuerpo significa convertirse en su madre, una mujer representativa de su cultura—analfabeta, encerrada, sometida por su marido—una propuesta aterradora para ella (Vater 117). Refleja este miedo con el lenguaje negativo que dirige a su madre: “…la miraba con repugnancia, porque ella estaba enorme, con esos pechos descomunales y deformados tras tantos embarazos y lactancias” (El Hachmi 43). A la vez, empieza a pensar que “…mi cuerpo no era otra cosa que un enemigo que abatir”, atando sus asociaciones negativas de su cultura y deseos combativos con su propio cuerpo (30). Idealiza a la madre de su amiga, quien “…estaba mucho más delgada que el resto de las mujeres casadas” y parece más joven, viva y libre (43). Para ella, poder controlar su cuerpo sería una “…independencia que nosotras solo podíamos soñar”, como la de las chicas blancas que hacen dieta (38).
Así, la responsabilidad de la liberación se impone al cuerpo. Cuando decide considerar el matrimonio como una posible vía de escape, piensa que “tenía que mejorar para estar preparada. Y mejorar quería decir, por supuesto, ser menos. Más ligera, más delgada, más adecentada, limpia y ordenada” (57). Incluso desea vestirse y maquillarse en concordancia con “la moda” porque “al menos de esa forma dejaría de ser propiedad de mi padre, mi madre y mi religión” (54). Estos cambios también le permiten separarse de la culpa que siente después de afrontar a su madre y su cultura: “Cuantas más mentiras le contaba, menos kilos me permitía pesar… como un castigo o un modo de purgar todas mis transgresiones” (125). Al mismo tiempo, proyecta sus ideales en su madre. Cuando el médico le dice que necesita adelgazar, la narradora piensa que “si pudiera adelgazar, me dije, se volvería más ágil, más esbelta, más moderna y le sería más fácil salir de donde estaba metida” (99). Alivia su propia culpa al trasladar la posibilidad de transformación a su madre. De este modo, simbólicamente imagina una ruptura con la estructura patriarcal que las domina.
En algunos momentos, piensa que su control la libera, pero la realidad demuestra lo contrario. Después de su matrimonio, se siente libre y por eso, la dieta “…ya no hacía falta. [Ella y su amiga] podíamos comer lo que nos diera la gana” (175). Sin embargo, los conflictos matrimoniales, laborales y familiares persisten. En esa época, la comida juega el papel de un arma y el cuerpo se convierte en un enemigo. Luchar en esta batalla funciona como un escape de sus preocupaciones. Cuando empiezan sus problemas matrimoniales, “volvía a estar a dieta porque había engordado mucho”, aunque reconoce que le resulta insostenible restringirse así (219). Continúa con sus intentos, pero empieza a darse cuenta de que esta restricción corporal no es alcanzable ni la vía liberatoria.
Después de que su marido la deja, “vacié la nevera, los armarios de la cocina, bajé a por más comida al súper. Comí sin parar durante horas. Era mi castigo. Por haber confiado, por ingenua, por dejar que me engañaran” (235). En este momento, el tratamiento de su cuerpo le permite escapar de su realidad. Como indica Vater, la falta de restricción respalda su reclamación del matrimonio que la robó de la libertad que esperaba (168).
Sin embargo, el escape no equivale a la liberación. Ya antes del matrimonio, cuando se sentía asfixiada por la autoridad paterna, imagina la desaparición del cuerpo como una forma de liberación: “Mi estómago acabó por cerrarse completamente, desvaneciéndome poco a poco a dos palmos del techo y sintiendo cierto alivio en dejarme ir, en dejar de ser…al fin conseguiría que el amasijo de carne y huesos y piel que era mi cuerpo dejara de perseguirme para siempre” (El Hachmi 160). Percibe la muerte—causada por el adelgazamiento de su cuerpo—como la liberación, pero es una liberación falsa: es una derrota absoluta de su conflicto cultural interno.
Cuando su cuerpo no le permite soltar las ataduras de las tres torres, descubre su liberación en la expresión mental: la escritura. Durante su tiempo en el instituto, se da cuenta de que la escritura es una de las únicas vías de alejamiento de las tres torres (88). Aunque no desea separarse completamente, reconoce que, para chicas como ella, “…no nos quedó otra, allí no nos dejaban ser lo que éramos. La única forma de quedarnos era recortándonos un poquito por aquí” (88). Encerrada en casa durante un verano opresivamente caluroso, “…llegué a la conclusión de que esa era una buena forma de subvertir sus normas… Escribir para salir del barrio me pareció un buen plan durante el bochorno de ese verano” (67). Escribe para sobrellevar los momentos difíciles en casa y en el hospital psiquiátrico tras casi morir. Con sus éxitos literarios, tiene sentidos de extrañeza y enfrentamiento cultural. Piensa que “lo único que les interesaba a los lectores era que fuera mora, exótica y lejana” y que “si volvía a escribir, se sabría que era un fraude” (221).
Sin embargo, cuando escribe en ámbitos personales, es una salida de ella misma y sus preocupaciones culturales. Puede dejar en sus propias palabras “…de darme atracones, de vomitar o de realizar las extenuantes sesiones de ejercicio que hacía en medio del salón con el niño mirándome” (239). Más que cambios corporales, la escritura le ofrece un modo de expresar sus frustraciones, soltar su aislamiento y rabia en una página y vaciar el espacio mental que ocupan.
Al final, la autoaceptación es lo que por fin la libera. De vacaciones en la playa con su novio Javier, reflexiona:
Me pasé casi todo el mes tendida sobre una gran roca, completamente desnuda. Sin estorbos, sin telas, sin encogerme ni esconderme. Incluso si aparecía alguien, no me importaba, que me vieran, que me miraran, no me importaba ya. Esa era yo, así era y merecía salir a la luz del día con ese cuerpo tanto como cualquier otra persona en el mundo. No había nada ofensivo en mí. Nada peligroso. (268)
Por fin, se da cuenta de que su cuerpo no es una herramienta, ni una vía para la aceptación. Merece ser aceptada simplemente por existir. Sin ningún cambio social, ni un cambio corporal, se permite la integración. Deja de esperar que la gente la acepte. De su propia voluntad, decide aceptarse, amarse, e integrarse.
- Conclusión
Grosz aporta que “The city is one of the crucial factors in the social production of (sexed) corporeality” (104). En un mundo globalizado, las culturas se entremezclan y crean nuevos modos de interacción social. Las ciudades son sitios de esta producción, y, por lo tanto, son espacios de definición identitaria. Para los inmigrantes que habitan entre Marruecos y España, los choques entre la libertad femenina y la opresión familiar, el movimiento y la inmovilidad, y la alimentación occidental y oriental no facilitan la integración.
El lunes nos querrán, de Najat El Hachmi, destaca estos enfrentamientos. La narradora, una mujer adolescente que emigró a España en su infancia, pretende rechazar sus vínculos con una asfixiante cultura familiar a favor de la sociedad de acogida al buscar aceptación y pertenencia.
En esta trayectoria, el entorno urbano y el feminismo occidental se entrelazan. En El lunes nos querrán, El Hachmi argumenta que la verdadera liberación radica en la transformación mental, empleando el desplazamiento en el espacio urbano de la narradora y su continua lucha por el cambio corporal como falsas promesas de libertad. Al externalizar su opresión en su espacio vivido—tanto material como corporal—la libertad se vuelve inalcanzable.
Friedman expone que “Identity is constructed relationally through difference from the other”, pero al situarse en una cultura ajena, los inmigrantes deben enfrentarse al problema de la autodefinición al llevar consigo huellas identitarias de culturas globales (19). Las mujeres migrantes, a través de la experiencia urbana y el intercambio de ideas globales relacionadas con el feminismo y la imagen, se ven profundamente afectadas por estas corrientes. Entender estas complejidades contribuye a una mejor interpretación de la experiencia migratoria en un mundo cada vez más complejo e interrelacionado.
Obras citadas
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