Keiran Singh
University of Miami
I. Introducción
El concepto del subalterno está bien establecido en el discurso sociopolítico contemporáneo, donde se ha iniciado un movimiento global en torno a distintas poblaciones subalternas. Por supuesto, ha traído consigo inmensas preguntas económicas, políticas y epistémicas, cuestiones que deben ser entendidas antes de ser resueltas. Acuñado en los años treinta por el filósofo y pensador marxista italiano, Antonio Gramsci, en sus cuadernos de prisión, el subalterno es el grupo “sujeto a las iniciativas de la clase dominante” en un sentido político y, más importante, económico (207). En resumen, Gramsci explica que el grupo subalterno es excluido de la propiedad significativa de los medios de producción en su sociedad respectiva. Por eso, el subalterno es coaccionado sutilmente a un sistema de represión económica negociada, mantenido institucionalmente por la hegemonía de la clase dominante.
Posteriormente, pensadores y académicos como Ranajit Guha, Partha Chatterjee, Dipesh Chakrabarty y Gayatri Chakravorty Spivak formaron en el año 1979 el grupo “Subaltern Studies”, generando un nuevo campo académico basado en estos grupos históricamente reprimidos (Chowdhury, 1). Mientras que Gramsci se enfocó en los mecanismos económicos impuestos sobre la clase subalterna y el significado de sus efectos, los pensadores del grupo de los estudios subalternos, especialmente Spivak, los examinaron desde una perspectiva tanto epistémica como discursiva. Spivak, en particular, destaca el papel del poder colonial, sistémico e imperial en la formación de un subalterno que es excluido no solo del mundo político y económico, sino también de las fundaciones epistémicas que establecieron la sociedad moderna. En breve, Spivak—y, en general, los pensadores contemporáneos—define al subalterno como un grupo marginado que no tiene ninguna agencia, presencia, forma, voz o reconocimiento de manera que borra incluso sus experiencias subjetivas hasta desaparecer finalmente del discurso dominante. Es pertinente comprender esta corriente histórica e intelectual del concepto para analizar fenómenos contemporáneos de subalternidad, especialmente en contextos donde ciertos grupos marginados en los Estados Unidos continúan enfrentando formas estructurales de silenciamiento. Antes del análisis de estas circunstancias, sin embargo, se debe elucidar el aspecto más crítico de la subalternidad, es decir, la cuestión paradójica en el mismo corazón de la pregunta subalterna, planteada por el ensayo de Spivak titulado “Can the Subaltern Speak?” (1988).
En este famoso ensayo, Spivak sostiene que la mujer colonizada en India experimenta una invisibilidad interseccional y un borramiento epistémico a manos de estructuras de poder tanto coloniales como patriarcales, por las cuales ella es excluida de tener autonomía, exponiéndola a una sociedad necropolítica.1 Sin embargo, la complejidad del ensayo—y la posición subalterna—surge de la paradoja teórica spivakiana, es decir, que la única forma de representación del subalterno es a través de los medios del grupo dominante—como el arte, el lenguaje, la literatura, etc.—que los silencia aún más, reforzando la posición subalterna. Es un ciclo de represión constitutiva en que cada intento de destacar su opresión resulta en la antítesis: la violencia epistémica. De hecho, el mismo acto de hablar sobre el subalterno desde una perspectiva no subalterna fortalece la ideología represiva del discurso hegemónico, lo que invalida directamente el valor de las vidas de la población subalterna. Sin embargo, finalmente, es importante tener en cuenta que estos ejercicios teóricos tienen resultados tanto concretos como vividos en el mundo contemporáneo. Es precisamente este giro teórico el que permite comprender con mayor claridad las formas contemporáneas de subalternidad en el contexto estadounidense.
Por lo tanto, para entender mejor los impactos incomparables de la paradoja de si el subalterno puede hablar—y en términos modernos, además—este ensayo analizará un grupo particular de la clase subalterna estadounidense para subrayar los retos institucionales, la violencia epistémica y el reforzamiento del ciclo de opresión que dicha clase enfrenta y debe superar. Y para empezar el examen de este grupo subalterno en los Estados Unidos es necesario definir con qué términos tratará este ensayo con relación a las diferentes definiciones de la clase subalterna. Dicha clase en los Estados Unidos abordada en este ensayo comprende una combinación de las definiciones ya mencionadas y hará referencia a un grupo que es explotado por su labor, que es marginado políticamente por el aparato estatal, que no tiene ninguna representación en el mundo del discurso dominante y cuya imagen es tergiversada cuando acaso se representa: los inmigrantes indocumentados. Específicamente, los inmigrantes indocumentados hispanos2.
II. Homogeneización hispana
Para comenzar este análisis sobre la posición subalterna del inmigrante indocumentado hispano en los Estados Unidos, se debe elaborar la historia de la palabra “hispano” en el país. Según D’Vera Cohn del Pew Research Center, “The first major attempt to estimate the size of the Hispanic population for the entire nation was in the 1970 Census”. Esto marcó un punto esencial en la historia hispana en los Estados Unidos porque la palabra entró en el discurso estadounidense, estableciendo una categoría no solo en el campo de las estadísticas de población, sino también una distinción de otros grupos culturales en el imaginario social3 en los Estados Unidos. Ambos resultados son importantes: el primero recuerda a lo que Michel Foucault llamó biopolítica4, y el último representa un cambio epistemológico en la percepción estadounidense del paisaje cultural del país. Eso significa que, antes de este censo de 1970, el público estadounidense no tenía una manera legítima de hablar, pensar o incluso reconocer a las personas que más tarde se identificaron como hispanos en 1970. Esencialmente, la entidad hispana no existió en la mente estadounidense, así que la fundación de su categoría se basaba en la subalternidad de las generaciones anteriores.
Además, las raíces subalternas de la palabra “hispano” son más profundas cuando se considera qué grupos forman la identidad hispana según las autoridades estadounidenses. Específicamente, “The Office of Management and Budget (OMB) defines “Hispanic or Latino” as a person of Cuban, Mexican, Puerto Rican, South or Central American or other Spanish culture” (U.S. Census Bureau). Así, la categoría de hispano en los Estados Unidos es, en realidad, una conglomeración de identidades agrupadas bajo una etiqueta. Esto es una homogeneización de la multitud de las culturas, los lenguajes, los rituales y las normas que caen bajo esta clasificación. Las diferencias entre los grupos dentro de la denominación “hispano” son ignoradas y borradas como parte de un proyecto hegemónico que los clasifica como un solo cuerpo. Como resultado, las personas pierden su individualidad, es decir, su humanidad. De hecho y de acuerdo con Spivak, “there are people whose consciousness we cannot grasp if we close off our benevolence by constructing a homogeneous other” (288).
En el caso del inmigrante indocumentado hispano, hay dos aspectos de esta otredad5 homogénea propuesta por la ideología hegemónica que deben ser elucidados. Primero, el Otro—en un sentido sociocultural—debe mantenerse firme en una especie de oposición epistémica a un grupo normativo y, de hecho, el grupo hispano existe epistémicamente en contraste con los anglos (los americanos blancos de los Estados Unidos), un grupo que históricamente ha propagado la dominación cultural—una forma de imperialismo cultural. Tal como está, si se examinara la raíz de la palabra “hispano”, se encontraría la palabra “Hispania”—originaria del latín, dada por el Imperio Romano al territorio de la Península Ibérica, cientos de años antes del establecimiento del estado-nación de España—funcionando como un exónimo para la región entera, un título dado que no es suyo propio. Por lo tanto, por su mismo origen, la identidad hispana no solo es una homogeneización de la Península Ibérica y sus poblaciones, sino que también es una categoría del Otro impuesta por un poder imperial. Como resultado, puesto que la palabra se refiere geográficamente e ideológicamente a la Península Ibérica, la identidad hispana se centra en España como la identidad principal y en el español como el idioma principal, borrando grupos no españoles, como aquellos del Caribe o los pueblos indígenas. Insistir en esta lógica, cuando el gobierno estadounidense homogeneiza la totalidad de las identidades hispanas como originarias de la Península Ibérica, anula e invalida las experiencias de las personas que no tienen ninguna afiliación con la región fuera del exónimo colonial impuesto sobre ellos. En los Estados Unidos, el hispano es el Otro en relación con el americano blanco y sus sistemas de poder, pero no es solamente esta identidad la que contribuye a su subalternidad.
La segunda función de la homogeneización y la otredad del inmigrante indocumentado hispano en los Estados Unidos, la cual aumenta su subalternidad en un sentido tanto político como discursivo, es la misma falta de documentación. Como un concepto fundamental en la creación de un estado-nación (Torpey, 10-17), la asignación de ciudadanía a un grupo distinto de “nativos” ha sido una práctica común a través de la historia. Sin embargo, el nivel y la magnitud de documentación global fueron estandarizados en gran medida en el año 1920, cuando la Liga de Naciones—reforzada por poderes occidentales como los Estados Unidos y Gran Bretaña—implementó las primeras regulaciones universales alrededor de pasaportes y documentos de estatus legal6. En efecto, estas regulaciones constituyen una consecuencia tangible del proyecto hegemónico de homogeneización: los poderes occidentales interpelan a aquellos a quienes desean identificar como pertenecientes a su estado-nación como sujetos legibles7. Para la metodología anglosajona, la documentación se convierte en un modo de regulación legislativa que valida la exclusión. Por lo tanto, en los Estados Unidos, una persona sin documentación no tiene reconocimiento legal; así, los inmigrantes indocumentados hispanos no están presentes en el espacio de gobernanza estadounidense. No tienen agencia ni autonomía formal. Son excluidos de la libertad estadounidense que supuestamente es la base de la fundación del país, aun cuando contribuyen tremendamente a su fuerza laboral. De hecho, aproximadamente 6 millones de trabajadores no autorizados, casi el 5% de la fuerza laboral estadounidense, son hispanos. Estos trabajadores tienen mayor probabilidad de trabajar en condiciones precarias en sectores base para la economía estadounidense—como la agricultura, la construcción y la fabricación—mientras que reciben salarios inferiores en comparación con los de sus contrapartes documentadas (Oficina de las Estadísticas Laborales, 2024). El concepto occidental homogeneizador de la legalidad no es, entonces, simplemente una herramienta para silenciar la autosoberanía hispana, sino también una herramienta que permite la explotación de su mano de obra. Estas consecuencias subrayan lo que constituye una relación dialéctica de necesidad y negación: la producción estatal de ilegalidad permite la explotación laboral y, a su vez, esta explotación laboral reproduce y profundiza la ilegalidad. Son excluidos discursivamente y devaluados socialmente, pero indispensables estructuralmente para la economía nacional de los Estados Unidos.
Para fortalecer aún más el análisis de la homogeneización del inmigrante indocumentado hispano y sus impactos en la posición subalterna que ocupa, se debe destacar el rol de la racialización8 en la percepción estadounidense de la inmigración. Es decir, a pesar del hecho de que millones de migrantes indocumentados en los Estados Unidos son originarios de Asia9, los términos “inmigrante ilegal” o “inmigrante indocumentado” han sido resemantizados discursivamente para referirse a un sujeto hispano. Esencialmente, debido a la homogeneización de la diversidad étnica bajo las denominaciones “hispano” o “latinx”, el discurso tanto popular10 como político11 en torno a la inmigración se enfoca desproporcionadamente en el inmigrante indocumentado hispano. El resultado es una fusión epistémica que conecta las identidades raciales hispanas con la noción occidental de ilegalidad. También es importante tener en cuenta que la racialización es construida socialmente. Así, este giro discursivo cambia y manipula la opinión pública para asociar a todos los hispanos con la carga negativa atribuida a la inmigración. Como resultado, lo que existe en el imaginario estadounidense es una representación racializada de la inmigración como intrínsecamente hispana. A su vez, los inmigrantes en sí mismos son presentados como subordinados dentro de la jerarquía social. Si a ello se suma la falta de agencia política, se revela la subalternidad reproducida del inmigrante indocumentado hispano. Son Otros, son ilegales, son peligrosos, son criminales, son marcados como distintos y, sobre todo, como ajenos—pero nunca se les concede la posibilidad de ser humanos.
III. Heteronormatividad, hipermasculinidad y machismo como herramientas hegemónicas
Aunque la homogeneización tiene un gran impacto en la posición subalterna del inmigrante indocumentado hispano, hay un fenómeno específico a la cultura hispana que perpetúa la subalternidad de su propio grupo y es usado por el bloque hegemónico estadounidense para reproducir su posición marginada: el concepto del machismo12. Como este ensayo se enfoca en el caso concreto de los Estados Unidos, será importante trazar la historia del machismo a través de discurso estadounidense en torno a este término, es decir, la aplicación del concepto en relación con los hispanos para producir una categoría constitutiva y distinta.
A este respecto, el académico Benjamin Arthur Cowan escribe, “Anglophone use of machismo first emerged in the work of researchers bent on answering questions about Latin American… reproduction and families…[in] the 1950s and 1960s”. Nótese que no hay ninguna coincidencia sobre la época en la que el machismo se convirtió en parte del discurso estadounidense—desde que es la misma época que inmigración hispana surge como tema controvertido. Pero hay otro factor también: “Framed by the Cold War, machismo served as a way of talking about fears of susceptibility to Communism in Latin America… [it] became shorthand for anxieties about young people, race, radicalism, and security on the home front” (Cowan)13. Así, el machismo se originó en los Estados Unidos como un término vinculado discursivamente con la retórica política negativa dirigida hacia los comunistas y los extranjeros. La connotación hiperpatriarcal adscrita al machismo por el discurso académico estadounidense sirvió como una distinción inventada de las normas occidentales, una categoría por medio de la cual los americanos pudieron criticar al hispano desde una posición de distancia y superioridad. En efecto, fue usado como una exoticización de la masculinidad étnica en relación con los hispanos—específicamente los conquistadores y los colonizadores (los “machos”)—enfatizando descripciones heteronormativas14 de roles de género para segregar a los hispanos como Otros.
Lo que existe, entonces, es una popularización y generalización de una visión de la masculinidad hispana para representar una forma de hipermasculinidad inherente o intrínseca. Esto responde a una especie de orientalismo15 por el cual los hombres hispanos son simplificados y tergiversados por parte de una producción cultural dominante. En esencia, la norma cultural para los hombres hispanos en los Estados Unidos es avenirse a esta noción impuesta de masculinidad que, a su vez, automáticamente los etiqueta como incompatibles socialmente o fundamentalmente diferentes de sus contrapartes americanas blancas.
Como resultado, la subalternidad del grupo hispano es aumentada aún más de dos maneras: (1) los hombres que no comportan de esta manera no son reconocidos como hombres por los estándares heteronormativos, silenciándolos discursivamente. Así, la única voz disponible para los hombres hispanos se convierte en la de la hipermasculinidad, la cual propaga la idea de que los hombres hispanos son una amenaza a la moralidad estadounidense y por la cual se justifica la vigilancia policial y la deportación, (2) refuerza las normas patriarcales, aplanando las narrativas sobre las mujeres y las personas no binarias—esto constituye un ejemplo clásico de la violencia epistémica en términos spivakianos. Sus subjetividades son reemplazadas y encubiertas por una narrativa estadounidense que inhibe sus autorrepresentaciones. Así, el machismo y su borrador hipermasculino son usados en los Estados Unidos no solo como una herramienta para imponer comportamientos socialmente deseables a los hombres hispanos, sino también como una herramienta para profundizar la subalternidad de aquellos cuyas voces ya están excluidas.
Otro punto que es relevante también para una conversación contemporánea sobre el machismo en los Estados Unidos es la percepción internalizada de los hispanos en el país. Es decir, en 2024, el 25% de los hispanos que reconocen el concepto del machismo lo asociaron con “the belief that men are superior to women” (Im et al.). Por lo tanto, el machismo no solo es un estereotipo impuesto fuera del grupo hispano, sino que también está centrado en la comunidad misma. Como resultado, se justifica la etiqueta de la hipermasculinidad hispana y, por esta etiqueta sensacionalizada, se justifica la exclusión de los hispanos de la identidad estadounidense. Además, para el inmigrante indocumentado hispano cuya labor es explotada, esta manera de pensar sobre el machismo justifica internamente la exposición a las condiciones precarias de trabajo porque su posición subalterna y subordinada requiere conformidad constante con el ideal hegemónico. Es un proceso opresivo de medición de uno mismo frente a un objetivo alcanzable, en el que el fracaso es el único resultado permitido por las estructuras de poder que mantienen la posición subalterna del inmigrante indocumentado hispano. De hecho, por culpa del ideal hipermasculino impuesto en la comunidad y por culpa de las expectativas heteronormativas en los Estados Unidos, se da un ciclo de represión interno por el cual las voces, las representaciones y las motivaciones masculinas reciben más peso que otras en el campo de la representación hispana, reforzando las normas hegemónicas y los estereotipos hipermasculinos.
Importantemente, como parte del segundo grupo étnico más grande en los Estados Unidos, las identidades masculinas hispanas sirven como el objetivo de la retórica política estadounidense. La veterana periodista Laurie Kellman señala que, históricamente, “the nation has an unbroken list of male presidents, who have been presented as father figures, role models and archetypes of American masculinity”. Tales estándares culturales estrechos y rígidos forman una cuerda floja de la masculinidad sobre la que los hombres deben caminar, representando un estado que es tanto frágil como inestable, un estado en que la masculinidad debe ser validada constantemente para no caer de la cuerda. La estrategia política estadounidense, entonces, está optimizada para poder extraer el poder político a partir de estos inmensos depósitos de la masculinidad insegura, un recurso que es refinado aún más por culpa de la posición social precaria ocupada por los hispanos. Irónicamente, la población de los hispanos documentados tiene un rol interesante en la agenda estadounidense y en la subalternidad de sus contrapartes indocumentadas. Los hispanos, indocumentados o no, experimentan discriminación como grupo racializado. Sin embargo, para aquellos que tienen ciudadanía estadounidense, tiene que haber una distinción de sus contrapartes indocumentadas, las contrapartes que son los mismos sujetos del abuso de la retórica política y explotación laboral. Tienen que probar sus patriotismos en presencia de una amenaza que tiene el color de sus propias pieles y el dolor de sus propias historias.
Por lo tanto, de aquí surge una estrategia polémica—dirigida hacia, pero no limitada exclusivamente a los hombres—que se aprovecha del miedo a la otredad y sirve como un mecanismo para mantener la exclusión de los inmigrantes indocumentados hispanos por parte de su mismo grupo étnico. Los temores a ser percibidos como fuera de las normas occidentales han causado una internalización de la opresión, por la cual los hispanos apoyan políticos abiertamente antihispanos. A través de técnicas políticas, los hispanos documentados se sienten empoderados para votar a políticos que representan la hipermasculinidad sin complejos, y lo hacen para validar construcciones sociales hegemónicas de la masculinidad. Por ejemplo, aunque cuatro de cada cinco hispanos dicen que las políticas de Donald Trump—una figura orgullosamente hipermasculina16—dañan a los hispanos, casi el 50% de estos votaron por él en 2024, un incremento histórico del 16% a nivel nacional (Atske; Loera). El núcleo de este aumento fueron los hombres hispanos, especialmente los jóvenes, formando un electorado que dominó la elección hasta por un 64% en estados como Texas y Florida (Gerbaud et al.)
Formulada como un grito en contra de una presencia masculina borrada, la retórica política hegemónica estadounidense empodera a los hombres—y a los “machos” doblemente—para luchar en contra de un fenómeno que consideran afeminado. Es decir, una “invasión” de los inmigrantes indocumentados se conecta discursivamente con una penetración, una violación, una inundación de la nación—aquí feminizada—que debe ser prevenida por una fuerza masculina: el estado-nación. Así, los Estados Unidos reciclan una lógica adyacente a la islamofobia perpetuada por las civilizaciones cristianas occidentales durante la Reconquista17 y las Cruzadas. No es islamofobia en sí misma, sino una hermana indefinida. Partiendo de la teoría del homonacionalismo de Jasbir Puar en Terrorist Assemblages: Homonationalism in Queer Times, el estado-nación opera mediante lógicas masculinizadas de protección, dominación y “seguridación”18. Estos métodos marcados por el género moldean cómo una nación imagina las amenazas y legitima la violencia. En este caso, es una redistribución del discurso hipermasculino por la cual el cuerpo de un estado-nación y su virilidad ilimitada deben ser purificados mediante la expulsión de los extranjeros. Esta lógica, propuesta e impuesta por la misma comunidad que lo experimenta, resulta en una doble subalternidad—un fenómeno paradójico por el cual los hispanos reprimen a los hispanos en nombre de y en apoyo de la clase dominante. Aquí se encuentra la lucidez de una subalternidad única, cuyo estado posee un aspecto llamativo de interioridad: una jerarquía dentro de una jerarquía. Los reprimidos se convierten en represores y, así, la marginalización del inmigrante indocumentado se reproduce constantemente.
IV. Conclusión
En efecto, la clase dominante estadounidense crea una nueva forma de subalternidad, por la cual la internalización de las narrativas culturales dominantes permite la represión dentro de un grupo subalterno. Sí, la hegemonía negocia una manera de legitimar la subalternidad mediante el empoderamiento ficticio de otro grupo oprimido. A través de la simplificación de la identidad “hispana”, la manipulación de la imagen racializada del inmigrante indocumentado y el énfasis en las heteronormas hipermasculinas del “macho”, el aspecto humano de los inmigrantes indocumentados hispanos es retirado del espacio epistémico estadounidense. Debajo de estas condiciones dinámicas y diseñadas que los marcan como no humanos, su valor inherente se asfixia y, al final, solo se quedan las raíces del discurso hegemónico. Esto es la realización alarmante del proyecto hegemónico.
[1] La necropolítica es un término acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe que describe una situación sociopolítica en donde el uso de poder dominante determina intencionalmente quién vive y, más importante, quién muere (Mbembe, 11).
[2] La población migrante indocumentada hispana sirve como uno de los grupos subalternos principales en los Estados Unidos hoy en día en términos de sus números. Es importante tener en cuenta que, de los diez países de los que viene la mayoría de los inmigrantes indocumentados, ocho de ellos son países hispanos, formando más del 80% de todos los inmigrantes indocumentados en 2022 (Department of Homeland Security). Por eso, este ensayo explorará principalmente la subalternidad del inmigrante indocumentado hispano, cuya experiencia ejemplifica la posición subalterna y los peligros con los cuales viene. Sin embargo, también se debe reconocer la existencia e importancia de la población indocumentada asiática que ocupa otro espacio del discurso sobre inmigrantes y otra posición racializada. Específicamente, aunque China, India y las Filipinas ofrezcan un número significativo de migrantes, el estereotipo racializado del inmigrante asiático da lugar a lo que se ha denominado “invisibilidad asiática” y “el mito de la minoría modelo”. Este será analizado en conjunto con sus contrapartes hispanas más tarde en una sección de este mismo ensayo.
[3] El imaginario social (o imaginario) se refiere a ideas, valores, conceptos o constructos sociales que las personas imaginan de su totalidad social (Taylor, 171).
[4] Biopolítica es un término acuñado por el filósofo francés Michel Foucault que describe el manejo de poblaciones a través de la regulación de procesos de vida como la salud, la reproducción y la sexualidad por poderes políticos. Nótese su similitud con la Necropolítica (Foucault, capítulo 5).
[5] Popularizada por pensadorxs tal como: Simone de Beauvoir en “The Second Sex”, (1949); Emmanuel Lévinas en “Totality and Infinity: an Essay on Exteriority”, (1969); y Gayatri Chakravorty Spivak en “Can the Subaltern Speak”, (1988), Otredad es el proceso de tratar a una persona o un grupo social como distinto o diferente de una norma o identidad social ya establecido.
[6] Conferencia de París sobre pasaportes, formalidades aduaneras y billetes de paso. Liga de Naciones; octubre 15-21, 1920, París, Francia.
[7] James C. Scott, en Seeing Like a State, define la legibilidad como aquellos mecanismos que los estados usan para categorizar y estandarizar la complejidad de una sociedad de manera que sus recursos puedan ser controlados y regulados (11). Aquí, yo aplico el concepto de legibilidad al estatus legal y a la ciudadanía.
[8] La racialización está asociada con la obra de los sociólogos americanos Michael Omi y Howard Winant, quienes definen el término como “to signify the extension of racial meaning to a previously racially unclassified relationship, social practice, or group” (64).
[9] A partir de 2022, 1 de cada 7 inmigrantes indocumentados vino de Asia, formando una población significativa de casi 2 millones de inmigrantes indocumentados asiáticos, creciendo un 17,6% desde 2010 hasta 2022 (Asian American Research Center at UC Berkeley, 2025).
[10] En un estudio de 2025, un análisis del discurso en plataformas de redes sociales mostró que el sentimiento negativo estaba más correlacionado con conceptos como “Deportation” y “Border Wall”, ambos de los cuales se refieren a los inmigrantes hispanos (Nguyen et al.).
[11] La retórica política xenófoba dirigida hacia los inmigrantes hispanos ha aumentado desde 2015 hasta el presente (Pérez).
[12] No hay una definición universal del machismo, pero, en general, se refiere a: “1) Una actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres; 2) Forma de discriminación sexista caracterizada por la prevalencia del varón.” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua o DRAE).
[13] “Enmarcado por la Guerra Fría, el machismo funcionó como una forma de hablar sobre temores de susceptibilidad al comunismo en América Latina…se convirtió en una abreviatura para expresar ansiedades sobre la raza, el radicalismo y la seguridad en el frente interno.” La traducción es mía.
[14] La heteronormatividad es la suposición occidental de que la heterosexualidad es la forma natural y superior de la sexualidad, a menudo coexistiendo con el crecimiento de la idea de que un binario de género estricto debe ser la norma. Esta ideología afecta las expectativas socioculturales, políticas e institucionales, lo que margina y excluye a personas o ideas no binarias (Sáez, 228-238.)
[15] El orientalismo es un concepto acuñado por Edward Said en su obra “Orientalism” que se refiere a la manera en que las culturas occidentales representan el este (el Oriente) como exótico y bárbaro a través del arte, la literatura, los estereotipos exotizantes, etc.
[16] No estoy realizando una declaración política sesgada, sino que se trata de un hecho ampliamente observable. De hecho, Donald Trump construyó su campaña con esta intención en mente, presumiendo regularmente de su fuerza y desafiando abiertamente a sus rivales—dos comportamientos establecidos de la hipermasculinidad. Incluso sus partidarios creen que ellos mismos (53% de hombres republicanos en 2024) disponen de rasgos muy masculinos, un contraste significativo en comparación con los que no votaron por él (24%) (Horowitz y Parker).
[17] La Reconquista es un mito nacionalista que los historiadores han desprestigiado. Los partidos de ultraderecha en España quieren revivir esta idea de la Reconquista precisamente porque apuntala una noción blanca, cristiana de la hipervirilidad y la superioridad de la religión católica sobre el islam (Ríos Saloma, 196-197).
[18] La “seguridación” (“securitization” en inglés) es el proceso biopolítico en el que cuestiones de seguridad nacional son formuladas como amenazas existenciales, justificando el uso de fuerza extrema y la exclusión de los cuerpos racializados (Puar; Howell y Richter-Monpetit, 7-9).
Referencias
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